El siguiente texto puede ser consultado en el siguiente enlace:
https://www.facebook.com/share/p/172NpRAr89/
La reciente caída de Nicolás Maduro sin oposición relevante, ni militar ni social, es otra estación de la seguidilla de derrotas que el progresismo, como paraguas ideológico del nacionalismo antinorteamericano y el populismo, viene sufriendo en el mundo desde hace una década. Pero, acaso, lo que distingue a las derrotas seriales del progresismo es la facilidad con la cual es vencido en una abierta contradicción con los discursos inflamados, las diatribas que buscan invocar una épica al estilo espartano en las Termópilas y las promesas de comerse el mundo que los sectores que forman aquel continente político suelen esgrimir.
En suma, no resulta extraño que pierdan, puede pasar. Resulta extraño que caigan sin luchar o sin una oposición digna.
¿Por qué pasa eso? ¿Falta de coraje? ¿O, más bien, es una expresión de la impotencia que representan? Veamos.
El cambio en la materialidad del proceso de trabajo, operado a mediados de los ‘70, que vimos bajo la forma de la internacionalización de la gran industria vía la informática, robótica y automatización del proceso productivo y, sobre todo, las consecuencias profundas que produjo a escala planetaria (la fragmentación del proceso productivo mismo, el desplazamiento del capital manufacturero a Asia, la fragmentación de la clase obrera y una nueva división internacional del trabajo) tomaron la forma ideológica y política del llamado “neoliberalismo” en los países centrales y en Latinoamérica, pero también reformas similares se dieron en la URSS (Perestroika) y en la China de Deng.
Esto es, todo el mundo salió de la autarquía propia de la manufactura y avanzó hacia la inevitable fragmentación y descentralización que el capital demandaba, donde dos tipos de países serían los ganadores: aquellos que producían tecnología y aquellos otros que podían explotar una abundante mano de obra barata. Los países que no contaban con esos aspectos, en cambio, se hundieron (URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia, Argentina).
A su turno, dada la revolución técnica en la base del trabajo permitió, por un lado, abaratar las mercancías (entre ellas, las materias primas, clave para Latinoamérica) y, por el otro, degradar la otrora mano de obra calificada y expandir una porción de trabajadores que directamente sobraban para el capital. De esta manera, las dictaduras militares y la ola neoliberal en los ‘90, en LATAM, tuvieron por función adaptar el continente a la nueva etapa, incluyendo la caída salarial y la liquidación de capitales ineficientes (la llamada “desindustrialización” en Argentina).
Dos décadas, por lo tanto, de plenas transformaciones que parieron un nuevo mundo tras la larga noche “neoliberal” como forma política de la fase contractiva.
Larga noche que, en los 2000, empezó a clarear de la mano del fenomenal ascenso de China como taller del mundo y la expansión de una clase obrera fabril que demandaba mejores condiciones de vida, entre ellas, mejor alimentación. O sea, carne de cerdo y soja para alimentar a los cerdos. El crecimiento exponencial chino produjo un ciclo alcista en las materias primas y Latinoamérica ingresó en una fase expansiva.
En ese contexto, entonces, aparece la forma política que representa esa fase expansiva: el populismo y, dadas las transformaciones en la clase obrera, su correlato ideológico, el progresismo. De esta forma, apalancados en una montaña de riqueza social producto de los altos precios de las materias primas, el populismo incorporó fracciones enteras de obreros que estaban fuera del circuito de producción y consumo bajo la forma de trabajo precarizado, empleo privado subsidiado y, sobre todo, empleo estatal. Todo ello, naturalmente, financiado con el agro (kirchnerismo, Lula), petróleo (Chávez, Correa), gas (Evo Morales).
Sin embargo, pese a los discursos inflamados sobre transformaciones e, incluso, revoluciones (Venezuela), lo cierto es que no existió nada de ello fuera del despilfarro de riqueza social para sostener un esquema social de corto vuelo.
La crisis de 2008 y el desplome de las materias primas en 2012-14 fueron el canto del cisne del populismo y entonces aparecieron los heraldos negros: Macri, Piñera, Temer, Bolsonaro y, aunque simulaba continuidad, Maduro.
A partir de entonces, el populismo empieza a perder, una a una, todas las fichas en el continente, no sin antes destruir lo que había construido. El kirchnerismo, Evo Morales, Dilma y el propio Maduro protagonizaron ellos mismos el declive de su propia construcción y agotaron el proceso que les dio vida. Cuánto más agotado lucían más crecía la asociación con China que, de esta manera, ingresa en territorio que EEUU considera propio.
Expansión que no solo alcanza a Latinoamérica sino que también se dio en África y, naturalmente, en Asia, un poco facilitado por el giro internista que dio el primer gobierno de Trump. Nace así el BRICS, que no era una alianza con otra perspectiva comercial ni todas las pavadas que dlce el progresismo, sino un bloque que responde a la necesidad del desarrollo chino y la garantía de tener acceso a materias primas abaratadas a cambio de manufacturas, emulando el esquema de Gran Bretaña en el siglo XIX.
Es esta razón, por la cual, en forma contradictoria con el discurso productivo e industrialista que tiene el populismo (Argentina y Brasil), que la alianza con China conduce a liquidar la estructura industrial y transformarnos en meros productores de materias primas, tal como se puede ver que pasó en Venezuela con Maduro y que explica el éxodo de 8 millones de venezolanos.
Y es por esto, junto a la ausencia de transformación alguna en la etapa populista y el regreso de la fase contractiva, que vemos caer a todo ese personal político sin que se arme el quilombo que prometían en las canciones.
También por aquello vemos la agresiva intervención de EEUU en la región, en parte porque disputa a nivel global con el capital chino y entiende que necesita una acumulación continental para competir, en parte porque el avance chino amenaza los capitales norteamericanos que operan en la región. He aquí la otra paradoja, la alianza con EEUU permite la supervivencia de los capitales industriales chatarreros, tanto locales como extranjeros. Porque el carácter chatarrero de los capitales industriales no es una anomalía ni un plan extranjero para bloquear el desarrollo, es una necesidad de los capitales avanzados para reciclar su maquinaria obsoleta en nuestros países, seguir amortzando y obteniendo ganancias. Esto es, cumple un rol en la acumulación mundial del capital.
Y son estos motivos por los cuales EEUU está decidido a barrer con los gobiernos prochinos en la región, aún si necesita intervenir militarmente. Pero no interviene por el petróleo ni va a venir por el litio. Interviene porque necesita la región alineada para emplear una escala continental como forma de competir con los capitales chinos. No ver la unidad mundial del capital, seguir pensando la realidad a partir del hecho nacional no sólo educa a los trabajadores en la ideología de nuestro enemigo, además es reaccionario porque ata a la clase a capitales parásitos y plantea problemas que no son reales.
Por otro lado, el carácter chatarrero de los capitales locales, su impotencia para competir a escala mundial es la razón que explica la fácil caída del populismo ahora sintetizada en la captura de Maduro.
No es cierto que el populismo no quiso desarrollar la región por demagogia distributiva, no pudo porque expresa capitales ineficientes que dependen del auxilio de los ingresos de las materias primas y que están condenados a ser fagocitados por capitales más eficientes. Por ello, una vez agotado el ciclo alcista, el populismo se derrumbó como un castillo de naipes sin pena ni gloria.
Autor: Ezequiel Gil Lezama
No hay comentarios.:
Publicar un comentario